
"Se es viejo cuando se tiene más alegría por el pasado que por el futuro", escribió John Knittel.
Como buen abuelete pelmazo intentaba recordar alguna batallita que no hubiese contado antes por los interneses estos... Pero ay, temo que la vejez prematura también trae consigo una memoria más agujereada que un tablero de cuatro en raya...
Vamos, que no estoy seguro de si les conté que una vez conseguí un sobresaliente pegándole a un profesor masoca, o que recorrí Madrid de punta a punta con cien mil pesetas en billetes pequeños metidos en la bragueta. Seguro que también aquello de cuando salí semidesnudo a la calle, con la cara embadurnada de blanco, y entré a una cabina de teléfonos a gritarle a una señora que estaba dentro.¿Y de cuando robaba fotocromos en los cines? ¿eso también? ¿y los petardos con retardo en las cagarrutas de los perros?
Qué tiempos. Ahora paseo por La Laguna y recuerdo con nostalgia cuando Núria y yo nos metíamos mano detrás del convento de Las Claras, en las escaleras de los juzgados, en los lavabos de cualquier bar abierto... en el parque...¡en la playa!¡y sus amigos pasándolo pipa con mis prismáticos!
Qué será de Anita, con quien estuve a punto de casarme...¿Y Mar? que me tenía loquito y a la que debería dar las gracias por conseguir que dejara Biológicas de una vez por todas. Y la otra Ana, la primera, con quien fui un completo imbécil y jamás, jamás, me lo perdonaré.
Qué tiempos, sí, pero rasco un poco la superficie y debajo de la fina capa de risas aparecen fracasos a tutiplén. Bah, aún así todo valió la pena.
"Cuando no se tiene alegría ni por el pasado ni por el futuro, la palmaste, camarada", digo yo.
Que sí, que ya lo sé. Hay que seguir dando guerra aunque sea chocheando.