
(Pepe golpeado el último día del año. 1987. Fotografía de Alberto García-Alix.)
Con un formidable hostiazo, acabó igual que empezó.
Los finales son liberadores, sea cual sea el resultado, e implican un nuevo comienzo que, a pesar de la desgana y la desilusión, vuelve a hacernos levantar la cabeza y mirar hacia adelante.
Pasó, y nadie se ha enterado. Las marcas y los moratones van por dentro y por dentro quedarán las cicatrices. Duele, pero menos de lo que pensaba; tal vez es que sufría más evitando el dolor que ahora encajándolo estoicamente.
Es algo muy jodido que a veces sea necesario romper del todo para poder arreglar, enderezar o soldar, pero se aplaza todo por miedo, y todos los miedos se resumen en uno: el miedo al dolor.
Quizás ahora que duele desaparezca el miedo de una vez por todas, pronto remitirá a un molesto escozor, y más adelante sólo duela los días de verano, cuando me acuerde de ella, y de que una de las peores cosas que le pueden ocurrir a alguien es querer a quien, tarde o temprano, se revela como una auténtica desconocida, como todo lo contrario de la persona querida.