(...Casas para chalados como yo... No se pierdan el enlace a la desquiciada Mansión Winchester)
Las mañanas son tan blancas y ásperas como las pastillas de paracetamol con las que intento calmar el dolor. Un dolor persistente, leve pero agudo, que me mantiene despierto desde hace tres días. A veces desaparece y lo echo de menos, porque falta ese pellizco que me diga que esto no es un sueño y que la contrarreloj diaria empieza ahora mismo.
Justo ahora mismo. Todo este asunto es psicosomático, pero no quiero pensar en ello; no quiero pensar si es el pensamiento lo que me enferma, sólo quiero dormir.
La idea que me consuela es que hasta en los peores momentos hay algo útil, un aprendizaje que vendrá muy bien más adelante. Y testar la vida a menudo hace que apreciemos con más motivos lo que de dulce tiene.
Lo más reciente que aprendí es que el dolor y el insomnio hacen posible que tenga unos sueños especialmente reveladores en los pocos minutos que consigo echar una cabezada. Sueños claros, un tanto apresurados, a veces lúcidos. Y cuando el interior opina y advierte, con total claridad, de algo que te quita el sueño, más vale no contradecir. Haz lo que te dice y dormirás a pierna suelta.
Está amaneciendo. Duele más que ayer, y estoy muy cansado, pero hoy , exactamente hoy, puede ser un día mejor. Me lo dijiste tú, y tú nunca mientes.